Así vivía la madrugada del Viernes Santo

Así vivía la madrugada del Viernes Santo

Si algún día de la Semana Santa era especial para mí, ese día era el Jueves. Yo vivía en Carretería, frente a las Catalinas, desde mi balcón del segundo piso dominaba toda la calle, de punta a punta. Y ahí veía pasar a casi todas las cofradías de entonces.

Mi padre tenía un negocio en calle Pelayo, cerca de la ermita de Zamarrilla y lo que voy a contar lo hicimos durante muchos años, desde que yo era pequeño.

Cuando pasaba por delante de mi casa el trono de la Vírgen de la Esperanza (aún recuerdo el aroma de romero que desprendía el camión que iba tras la Vírgen de la Amargura) pasadas las 2 de la mañana, mi padre y yo bajábamos a la calle y nos dirigíamos a Mármoles, para llegar antes que Zamarrilla llegara a su ermita.

Por entonces, esta cofradía protagonizaba uno de los encierros más espectaculares: sobre un entarimado montado en el lateral de la ermita, cantaba una o más de una saeta Gloria de Málaga. Mientras Madre e Hijo parecía que «bailaban» en sus tronos bajo la mirada de la luna llena. 

Tras el emotivo encierro, mi padre y yo íbamos al negocio de calle Pelayo, para apagar sus luces. Ese día, dejaba la tienda encendida, puesto que hasta la madrugada esa calle estaba muy concurrida. 

Una vez apagadas las barras de neón, nos encaminábamos por Mármoles en busca de chocolate con churros, para hacer tiempo hasta que la Esperanza se acercara a Santo Domingo. Junto al muro, en el Pasillo disfrutábamos del encierro y con las primeras luces nos dirigíamos a casa.

Así vivía la noche-madrugada del Jueves Santo, hasta primeros de los 80, cuando dejamos Carretería. 

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En busca de nuestras raíces.

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